Me caí… ¡No pasa nada!…

Salvador Moreno-López • marzo 23 • 3 min de lectura

Hace un rato me caí… aún me siento un poco atarantado, como si no acabara de asimilar lo que ocurrió. Fue tan repentino e inesperado que no está claro si realmente ocurrió o fue una especie de sueño entre bruma. Yo sé que sí ocurrió. Algunos dolores leves me lo confirman, además de las personas que me vieron. Al mismo tiempo, hay algo que se siente lejano, difuminado…

­– ¿Estás bien? Me preguntaron.

– ¿Te dolió mucho?… ¿Te lastimaste?…

Escuché las preguntas sin atenderlas mucho. Mi atención estaba en mi cuerpo, quería saber si me sentía mal, si me dolía algo y, sobre todo, quería entender cómo es que me había caído de esa manera.

Se zafó una barra con la que hacía palanca y me fui hacia atrás, fui cayendo de espalda, en cámara lenta, hasta que llegué al suelo y aterricé más o menos sentado. Me sorprendí de que el golpe no hubiera sido tan fuerte; pero, sin duda alguna, lo que más me desconcertó fue el movimiento en etapas y en cámara lenta, al ir cayendo.

Luego me fui a un sillón para darme tiempo y reconocer cómo estaba, cómo me sentía en mi cuerpo y en mis emociones. Después de unos dos minutos, mis piernas empezaron a temblar… Creo que me asusté, pensé, y tal vez más de lo que me había dado cuenta. En unos segundos más, mis dientes castañeteaban, se golpeaban unos contra otros en un movimiento rápido de las mandíbulas. Sin duda me sentía asustado.

Así me quedé unos minutos más, atendiendo a mis sentires y dando tiempo y espacio para que aparecieran las sensaciones y las emociones que necesitaran mostrarse y expresarse. No es bueno quedarse con el susto atorado. Luego se vuelve crónico y hasta parece que ya no está y, sin embargo, cómo nos fastidia el bienestar cotidiano.

Así que cuando las vocecillas de mis fantasmas empezaron a decir: – “¡no es para tanto… no exageres… ni te pasó nada… qué poco aguante tienes! …” y muchas otras expresiones más, decidí no hacerles caso e invitarles a irse a otro lado porque yo estaba ocupado atendiendo a mis sensaciones y emociones.

Luego me sonreí conmigo mismo por no haber atendido a las vocecillas, y por acompañar mis temblores y castañeteos de dientes. En verdad que hay que estar atentos para no caer en la trampa de las demandas, juicios y reclamos de esas vocecillas.

Recordé, después, algunas ideas y experiencias que he leído sobre la atención a personas con experiencias traumáticas que describen algunas de las sensaciones que pueden experimentarse en esas ocasiones, y lo importante que es no desatenderlas. No hay que frenar el temblor, hay que permitirlo y acompañarlo. Esa es una buena manera de expresarnos desde nuestro cuerpo vivido y de evitar quedarnos congelados en nuestras respuestas. Pensé también: ¡qué diferente es haberlo leído y ahora estarlo viviendo! Me agradecí de contar con esta valiosa información que ahora me ayuda a atenderme y cuidarme mejor.

Después de una hora, ya me siento mejor, más calmado y tranquilo, consciente de que me asusté y desconcerté, y agradecido de que no me hice daño. Ahora, vuelvo a valorar estas prácticas de atender a lo que siento, en el cuerpo y en mis emociones, y darme un tiempo para acompañarlos y expresarlos, en lugar de decir: ¡No pasa nada!… ¡No pasa nada!…

Tengo claro que, prácticas como el Focusing  y la Mindfulness, son una buena alternativa para no permitir que sensaciones, sentimientos y emociones se queden atrapados, se vuelvan crónicos y me generen luego malestares que me resultan incomprensibles porque he perdido conexiones significativas. Cuidar de Mí y cuidar de Otros van de la mano, por ello me comprometo a realizar actividades para Animar mi Corazón.