Agradecer y celebrar en tiempo de pandemia

Salvador Moreno-López • 26 de diciembre de 2020 • 4 min. de lectura

Estos días son para agradecer y celebrar. En medio de circunstancias totalmente nuevas, inesperadas y desconocidas, tengo la fortuna y el regalo de haber vivido unos meses intensos, compartiendo con muchas personas a través del internet. Han sido meses cansados, desconcertantes, inciertos, a veces llenos de temor, frustración y desconcierto. Muchos días de compartir los sufrimientos y el dolor de muchas personas afectadas de una manera cercana e intensa por el covid-19 y nuestros modos erráticos, ambiguos y contradictorios de entenderlo y atenderlo.

Sin duda hay muchas personas que la han pasado mal y que han sufrido la pérdida de familiares y amigos. Y al mismo tiempo, hoy quiero atender a lo que parece haber seguido una dirección distinta, invitándonos a reflexionar y sentipensar sobre nuestros hábitos de vida, para tomar conciencia de los modos automáticos de relacionarnos, comunicarnos y actuar en nuestras vidas cotidianas.

De pronto se imponen cambios. Hay un peligro latente ahí afuera que poco a poco se expande para ubicarse potencialmente en cualquier lugar y persona. Hay que cuidarnos, quedarnos en casa, mantener una cierta distancia corporal para evitar los contagios -contagiar y ser contagiado-, para no exponernos a las sorpresas desagradables y dolorosas de cómo nuestra salud puede ser afectada por este famoso coronavirus. Las maneras como vamos recibiendo la información y las indicaciones, sugerencias e instrucciones que nos dan las autoridades son muy ambiguas, imprecisas, contradictorias, cambiantes. Salir o no salir. Distanciamiento social o sana distancia. Cubrebocas o no, sirve o no sirve. Cómo hay que usarlo, dónde, cuándo…

Las estadísticas parecen dar pistas de lo que ocurre, de los contagiados, de las personas atendidas en los hospitales, de quienes fallecen por las complicaciones desencadenadas por el covid 19. Al mismo tiempo, las inconsistencias y las diversas interpretaciones de las estadísticas propician la desinformación, las opiniones acaloradas y muchas veces sin fundamento. Las incongruencias entre el discurso y las acciones complican más el panorama.

Pronto queda claro que la pandemia no es sólo un problema de salud. Lo que ocurre en estos meses ha tenido repercusiones económicas importantes. Muchas personas pierden el empleo, sus negocios, sus ingresos para el sustento familiar cotidiano. La economía se cae, nos dicen. Y ciertamente, unas personas son más afectadas que otras.

Luego parece que hay conflictos entre cuidar la salud y mantener a flote la economía, entre cuidar la propia salud y cuidar la de otras personas. Parece que no todos nos sentimos viviendo en el mismo planeta. Aunque, en realidad, esto ha venido pasando ya desde hace varias décadas. Nos hemos ido distanciando de los demás y de la madre tierra que nos da cobijo. Poco a poco se han ido reforzando las actitudes y conductas individualistas, en donde parece que lo que hay que hacer es que cada quien vea por lo suyo y deje que los demás lo resuelvan como puedan. Agrégale a esto una mirada de corto plazo, con la que ni siquiera pensamos en las repercusiones que nuestros estilos de vida y producción tendrán en 10, 20 y 50 años. Tal vez por ello nos hemos desentendido, durante décadas, del calentamiento global, de la destrucción avasalladora de la naturaleza como en la Amazonia, de las condiciones de trabajo que semejan las épocas “antiguas” de la esclavitud, aunque ahora estén aderezadas de modernidad.

La pandemia nos ha encontrado “mal parados”, mal preparados para hacerle frente. Ahora que estamos encerrados, ¿qué hacemos con las personas con las que nos toca convivir? ¿De qué hablamos? ¿Cómo organizamos los espacios y el tiempo en casa? ¿Cómo nos ponemos de acuerdo para tomar decisiones y resolver los conflictos? ¿Qué hacemos con nuestras emociones y sentimientos, con el temor, la frustración, el cansancio, el coraje, la ansiedad, la vergüenza, la vulnerabilidad, el desconcierto?…

¿Y por qué he de quedarme en casa si yo no quiero? ¿Dónde queda mi libertad? Si a mí no me importa contagiarme, entonces puedo andar por donde quiera. Los demás que se cuiden, si quieren.

Y están también quienes quisieran quedarse en casa y no pueden porque necesitan salir a trabajar. Y entonces lo hacen tomando las medidas anunciadas, guardando una sana distancia y estando con poca gente, en la medida de lo posible, y usando cubrebocas.

Hay familias en las que los integrantes tienen opiniones diferentes respecto a los cuidados y las acciones. ¿Cómo toman en cuenta esas diferencias? ¿Cómo se escuchan para comprender los modos de sentipensar de cada uno y para buscar acuerdos respecto a las acciones a realizar, mismas que les afectan a todos, de una u otra forma?

Y en medio de todo esto, insisto en querer agradecer por las múltiples oportunidades para compartir actividades, momentos y espacios virtuales. Agradecer por todo lo aprendido y vivido en esos encuentros. Aún si no siempre fueron disfrutables, siempre quedó la satisfacción de acompañarnos y en algún momento descubrir un alivio y un remanso de Paz para estar… simplemente estar ahí reunidos.

Las circunstancias me han dado la oportunidad de aprender a vivir con más flexibilidad, reconociendo la incertidumbre, los cambios inesperados y las improvisaciones sobre la marcha. Digamos que ya sabía que vivir es incierto, sólo que ahora lo he sentido con más claridad y contundencia y ello influye más en mi vivir cotidiano. También he tenido la oportunidad de revisar lo que valoro y el sentido de mi vida. He considerado cambios para poder vivir con mayor sencillez cada momento, teniendo presente que no sé qué sigue y hasta cuándo. Los planes ahora son mucho más provisionales que antes; son una propuesta que puede cambiar en cualquier momento. Si no me aferro a mis expectativas, podré aprovechar a mi favor los cambios en la dirección del viento. (Continuará)